CÓMO EJERCER LA AUTORIDAD CON NUESTROS HIJOS DE FORMA SANA Y EFICAZ

 

Está demostrado, tanto por múltiples investigaciones como por la experiencia clínica, que los menores con alteraciones emocionales y problemas de conducta, en la última etapa de la infancia y la adolescencia, tienen en común un ejercicio inconsistente de la autoridad por parte de sus progenitores.

Parece que, hoy en día, hablar de autoridad, suena a algo anticuado y denostado socialmente, sin embargo, ejercer autoridad no es otra cosa que poner límites a las conductas inapropiadas de los menores, a través de consecuencias, que nada tiene que ver con una postura autoritaria, consistente en un estilo de comunicación agresiva y en infundir miedo.

La práctica clínica nos demuestra que una postura autoritaria, consistente en un estilo de comunicación agresiva basado en gritos y en aplicación sistemática de castigos, da como resultado que el menor acumule castigos y reproduzca ese estilo de comunicación agresiva. Dado que los menores (y también los adultos) aprenden por las consecuencias que tiene su conducta, es ahí donde tenemos que intervenir. ¿De qué forma? Eliminando las conductas negativas a través del castigo (consistente en ignorar la conducta inadecuada o retirarle algo como un juguete o ver sus dibujos favoritos) y, mucho más importante, recompensando las conductas positivas (una felicitación, un comentario cariñoso, un beso, una caricia). De poco sirve el castigo, si no va acompañado de la potenciación de la conducta apropiada. Si un menor acumula castigos, lo que demuestra es que el castigo ha dejado de dar resultado, porque se ha habituado al mismo.

Es especialmente importante, aplicar el castigo de forma lo más serena posible, si gritamos descontroladamente, lo que conseguimos es infundir temor innecesario en el menor o desautorizarnos a nosotros mismos. La autoridad eficaz es aquella que se ejerce “sin despeinarse”, es decir, de forma firme y neutra.

Una de las creencias erróneas más frecuentes al respecto, es pensar que el menor tiene que comportarse bien “porque es su obligación”: de esta forma, no se recompensa la conducta adecuada. Recompensar la conducta adecuada, no consiste necesariamente en ofrecer un premio material, sino en trasmitirle al menor que lo ha hecho bien y reconocerle el esfuerzo realizado.

Recordemos que los menores aprenden por las consecuencias, y que, a través de la recompensa de la conducta adecuada, se reduce a frecuencia del comportamiento inapropiado.

 

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