Ansiedad

La ansiedad es una respuesta que nuestro organismo pone en marcha cuando detecta una amenaza o un peligro. Esta respuesta, que consiste en manifestaciones como aceleramiento del pulso y del ritmo cardíaco, tensión muscular o estar más alerta a lo que nos rodea, no deja de ser una respuesta normal que permite a nuestro organismo hacer frente a dicho peligro. Esta respuesta de ansiedad adaptativa, se convierte en un problema psicológico cuando se da alguna de las siguientes circunstancias:

-Se pone en marcha ante situaciones inocuas, es decir, que no entrañan un peligro real.
-Su intensidad es desproporcionada en relación a la situación que la provoca.

En estos casos, es habitual que la ansiedad provoque un nivel intenso de malestar que se manifiesta a nivel físico (taquicardias, opresión torácica, dificultad para respirar), a nivel mental (pensamientos que provocan preocupación, inquietud) y a nivel conductual (se evitan situaciones que generan malestar), llegando a interferir en el funcionamiento habitual del individuo (personal, laboral, social, familiar, de pareja).
A continuación, de describen los trastornos de ansiedad más frecuentes:

Fobia Simple: se trata de un miedo exagerado ante determinadas situaciones, animales u objetos, como miedo a los perros, a lugares altos, a atragantarse o a conducir.


Fobia Social: consiste en un miedo irracional a entrar en contacto con situaciones sociales como iniciar una conversación o acudir a un evento. El temor más frecuente hace referencia a qué pensarán los otros de mí y a hacer el ridículo.


Trastorno Obsesivo Compulsivo: se define en función de sus dos componentes: obsesiones y rituales o compulsiones. Las obsesiones son pensamientos o imágenes indeseables que surgen en la mente de la persona y le provocan un malestar elevado. Las compulsiones o rituales son actos que lleva a cabo el sujeto para contrarrestar el malestar generado por la obsesión (por ejemplo lavarse repetidamente las manos o comprobar una y otra vez si se ha cerrado la puerta con llave).


Pánico y Agorafobia: el elemento fundamental de este trastorno son llamados ataques de pánico (crisis de angustia o ataques de ansiedad), que consisten en la aparición repentina de síntomas de ansiedad intensos (aceleramiento del pulso y la respiración, temblores, sensación de mareo), acompañados de malestar intenso y temores a morir o a volverse loco.
La experiencia del ataque de pánico provoca, en muchos casos, un nivel tan elevado de malestar que la persona trata de evitar todas aquellas situaciones que cree que pueden desencadenar otro ataque de pánico. Estas respuestas de evitación generalmente interfieren en el funcionamiento habitual de la persona, dando lugar a lo conocemos como agorafobia.

El tratamiento psicológico de los trastornos de ansiedad va encaminado a dotar a la persona de las estrategias necesarias para manejar los síntomas de la ansiedad, a nivel físico (estrategias de control de la activación), a nivel cognitivo (detección y corrección de pensamientos irracionales) y a nivel conductual (estrategias de afrontamiento ante situaciones que se evitan).

ESTRÉS

El estrés es una vivencia habitual en nuestra vida diaria. Generalmente, pensamos que el estrés viene provocado porque tenemos una elevada carga de actividad en nuestro día a día (trabajo, atención de la familia, tareas del hogar…); sin embargo, es la sensación de no tener recursos personales suficientes, es decir la sensación de “no llego a todo” la que nos genera el estrés.

El estrés se manifiesta en tres dimensiones:
-A nivel físico: taquicardia, contracturas musculares….
-A nivel mental: esta dimensión está presidida por pensamientos sobre la incapacidad personal para afrontar la situación.
-A nivel conductual: nivel elevado de actividad y agotamiento, entre otras.

Cuando la respuesta de estrés se mantiene en el tiempo puede llegar a provocar alteraciones de salud física como hipertensión arterial, alteraciones tiroideas o problemas dermatológicos, y de salud mental (episodios depresivos).

El tratamiento psicológico del estrés tiene como objetivo, en primer lugar, conocer la carga de actividad diaria de la persona, qué recursos tiene para afrontarla y los síntomas concretos de estrés qué presenta. Posteriormente, se entrena a la persona en estrategias específicas para su caso: técnicas del control de la activación, organización de tiempos y tareas y corrección pensamientos erróneos sobre la propia capacidad para afrontar el día a día.

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